Por
Héctor Becerini
Director del Museo del Puerto
Se dice que fue en el año 1575, cuando el corsario
al servicio de Su Majestad Británica Sir Francis
Drake, de tan sólo 30 años de edad, navegó
el océano Atlántico y con su navío
pirata costeó frente al actual paralelo 38 de la
América India. El pirata inglés que transportaba
los tesoros capturados del Nuevo Mundo hacia Europa, quizás
haya sido el primer hombre blanco que fijó sus ojos
en el paraje que mucho tiempo después sería
Mar del Plata.
Francis
Drake navegaba por mares desconocidos y debía confeccionar
por sus propios medios las cartas marítimas de navegación
y de reconocimiento. Por tal motivo al bordear estas costas,
descubre las nutridas manadas de lobos marinos que habitan
en ella. Este hecho lo lleva a bautizar con el nombre de
“Cap Lob” lo que hoy es Cabo Corrientes.
No
hubo indígenas costeros en esta región, éstos
se encontraban tierra adentro próximos a las sierras.
Ellos eran los indios Pampas.
Juan
de Garay en una carta enviada al rey de España el
30 de abril de 1552, luego de realizar una expedición
por tierra, acompañado de unos cuarenta soldados,
que se trasladan desde Buenos Aires explorando el sur, relata:
“Es muy galana costa y va corriendo una loma llana
de campiña (lo que hoy conocemos como loma Santa
Cecilia) y por algunas partes pueden llegar carretas hasta
el agua. Es tierra muy buena para sementeras. Legua y media
de la mar se acaba un tramo de la cordillera que baja de
la tierra adentro. Muestra grandes peñascos y en
lo alto campiñas y en la costa en algunas partes
descubre pedazos de peñasco donde hay gran cantidad
de lobos marinos”.
Hacia
1746 los padres misioneros jesuitas José Cardiel,
Tomás Falkner, Matías Strobel, Gerónimo
Rejón y Manuel Querini, levantaron una misión
junto a la laguna de “Las Cabrillas (hoy Laguna de
los padres) que luego abandonarían en 1751.
Podemos
decir que fueron muchos los navíos que echaron sus
anclas y fondearon para buscar abrigo en las desnudas rocas
de Cabo Corrientes. Españoles, ingleses, portugueses
y más tarde argentinos, tal es el caso de la goleta
Sarandi, en la que el Almirante Guillermo Brown escribiera
su proclama de 1826, proponiendo la unión de las
naciones americanas, el rechazo a los intentos de dominio
de gobernantes europeos y la existencia de ideales comunes
en el continente.
En
1819 éstos terrenos que permanecían vacantes
desde que los Padres Jesuitas abandonaron la reducción,
son concedidos en propiedad a Pedro Alcántara Capdevilla
con el fin de explotar la ganadería. En 1828 sus
herederos venden las tierras a Ladislao Martínez
quien en 1847 revende la “Estancia Laguna de los Padres”
de 84.000 hectáreas a Gregorio Lezama. El 13 de agosto
de 1856 Lezama vuelve a vender las tierras a una sociedad
de brasileños encabezada por José Coelho de
Meyrelles. La extensión de la propiedad era de 52
leguas de campo por 7 leguas de costa y contaba con un plantel
de 115.000 cabezas de ganado.
José
Coelho de Meyrelles construye un muelle de hierro en el
lugar que actualmente ocupa la pileta de natación
de Punta Iglesia, en la curva del hoy Paseo A. Dávila
casi a la altura de la calle Balcarce. Este muelle era utilizado
para desembarcar el abastecimiento de sal y servía
para la exportación de los productos del saladero
y cueros al Brasil y otras naciones del continente. En torno
a este puerto se fueron levantando diversos edificios y
construcciones menores. Hacia 1860, Meyrelles enferma y
vende el saladero junto a los campos que eran propiedad
del consorcio portugués a Patricio Peralta Ramos.
Las estancias que se vendieron fueron: Laguna de los Padres,
La Armonía y San Julián de Vivoratá,
que en conjunto sumaban 136.425 hectáreas. Peralta
Ramos sustituyó el muelle existente por uno más
largo y de madera, el cual es destruido en 1862 durante
un temporal por el barco británico “Alice”.
En
1865 Peralta Ramos construye en Punta Iglesia un muelle
de hierro e instala sobre éste dos líneas
de rieles. El 10 de febrero de 1874, nueve años más
tarde, se funda el pueblo de Mar del Plata.
Por
su parte Pedro Luro en 1878 construye un muelle -donde hoy
se encuentra instalada la estación de servicio de
Diagonal Alberdi y Entre Ríos, frente a la actual
Playa de Punta Iglesias- que se prolongaba en el mar hasta
más allá del extremo de la escollera del Club
de Pesca. Este muelle tenía una misión más
amplia que el anterior, en lo que hace al arribo y partida
de los productos de la zona, transporte de carretas y otros
negocios de su propiedad. Fue el más duradero y el
mejor construido, a pesar de que por lo poco reparado de
la zona, los navíos frecuentemente sufrían
siniestros. Luego este muelle cayó en desuso y abandono
y fue destruido “por los temporales y los bichos”.
Marcelino Mezquita, yerno de Luro, heredó junto con
otras propiedades vecinas, la “barraca” y el
“muelle”, luego del fallecimiento de su suegro
en 1890.
Al
disminuir y luego desaparecer la demanda de carne salada
para los esclavos, por la emancipación de éstos
en América, el pueblo de Mar del Plata parecía
correr la misma suerte. Fue entonces cuando Pedro Luro,
observando las costumbres de un grupo de familias de la
oligarquía, tuvo la idea de convertir lo que hasta
entonces era un pueblo agropecuario en una ciudad balnearia,
salvando de ese modo a nuestra ciudad de una inevitable
decadencia e iniciando una segunda etapa de su historia.
Mar del Plata pasa, de ser centro productivo a ser un centro
de prestación de servicios.
Desde
el año 1886 se había instalado una incipiente
colonia turística, y se comenzó a explotar
la pesca con fines comerciales. Inmigrantes italianos, curtidos
por los mares Mediterráneo, Tirreno y Adriático,
fueron los encargados de extraer las riquezas del Atlántico
con precarios medios de navegación. Algunos de estos
pescadores fueron: Juan Polverino, Francisco Pelusso, Vicente
Tesoriero, Francisco Cíngara, José La Cava,
Genaro DiLernia, Juan Pelissi, Bronzini, Palestini, Sasso
y tantos otros. Estas barcas veleras eran sacadas a tierra
por yuntas de caballos o izadas por el muelle Luro.